viernes, marzo 31, 2006

Un sitio donde pasar la noche

Pero donde hay amistad, nace la esperanza... (*)

Sucedió hace unos 3 años.

Estaba estudiando aún en la Universidad, y me decidí a mudarme con unos amigos a un apartamento. La razón, la casa de familia donde tomaba un cuarto en alquiler (figura bastante común en Popayán) dejó de ser residencia. (Tomé en cuenta la opción de otra casa de familia, pero cuando ya había dado mi palabra, me retracté sólo por acompañar a mis amigos)

Las cosas se complicaron bastante desde muy rápido. La que parecía ser una gran amistad se deterioró rápidamente, y de repente me vi solo, en un sitio hostil, en dificultades económicas, y claro en crisis emocional que pronto se tornó en física.

Tras muchas tensiones, llegó un punto en que estaba con una bronquitis terrible, al borde de un shock nervioso, y condenado a habilitar una materia (además de con dificultades económicas). En estos pocos días, menos de un mes, la vida se me había puesto "patas arriba"...

Así que, un domingo a las 5:30 AM, tomé la decisión de partir. Sin dinero y sin un rumbo para el resto del día (y sin un sitio donde pasar la noche) decidí llamar a uno de mis mejores amigos, quien amablemente me ofreció su camioneta para sacar mis cosas de este "infierno" y a la vez me ofreció su casa para pasar la noche. De cualquier modo yo estaba muy asustado, y no quería abusar de la gentileza de mi amigo.

En un par de horas, y con ayuda de mi amigo, logré empacar todas mis pertenencias y salir de ese sitio, no sin tener un breve encontrón con aquel ex-amigo que ahora se comportaba como un verdugo.

Y salimos. Charlando un poco fueron pasando unas pocas calles de Popayán en aquella camioneta gris-plateada, y me fui relajando un poco. Igual, estaba muy enfermo...

Ya a punto de tomar rumbo a casa de mi amigo, recordé la casa a donde inicialmente me iba a mudar. Paramos un rato allí. La mujer (ya de bastantes años, 70, tal vez) que en el pasado se había molestado por mi incumplimiento, al verme tan enfermo, tan asustado, tan... destruido, no dudo un momento en alquilarme el excelente cuarto que tenía libre. No le importó que llegara de un momento para otro. No dudó de mí, a pesar de que ya antes le había fallado. Fueron para ella suficientes las buenas referencias, que otro buen amigo que vivía allí le dio de mí.

En esa casa, de jardín hermoso, de muebles antiguos, de iluminación privilegiada y ventilación inigualable, pasé mi último año en Popayán.

Tardé un mes en levantarme de la situación tan dura que había pasado. Los bronquios poco a poco (y gracias a los remedios caseros de mi nueva "abuela") fueron mejorando. Otro tanto con los nervios.

Cuando llegué a esa casa, era un pobre estudiante asustado y bastante deprimido. Esta viejita, creyendo en mí y dándome la mano en el momento adecuado, contribuyó de manera definitiva a que pudiera levantarme.

Gracias en buena parte a ella, logré graduarme tiempo después. Y ahora que estoy lejos de ese mágico sitio, trato de conversar con ella cada cierto tiempo. Los dos nos sentimos felices de escuchar la voz del otro lado de la red telefónica.

Ayer conversé con ella mientras viajaba en Transmilenio, y me sentí contento de saber, que está bien.

(*) Tomado de la canción Décimo Grado, de Ana y Jaime.

1 Comments:

Blogger Leodegundia said...

Dos cosas te puedo decir, una que no es lo mismo el trato con los amigos que se encuentran ocasionalmente que el que se tiene conviviendo, tener que vivir en la misma casa con otras personas es muy difícil, :-))) claro que a estas alturas tú ya lo sabes. Y la otra es que siempre se encuentra una mano amiga, quizás de la persona que menos lo esperamos.
Un abrazo

1:22 a. m.  

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